Por:
Blanca Brunal Soto
Había
que esperar a que el sol dejara de lanzar sus latigazos contra el techo de zinc
y que la tarde comenzara a hacer su aparición, trayendo enredada entre sus
polleras la brisa, para poder ir a bañarse al caño Betancí. Era como un ritual
que había que cumplir. Era como una especie de embrujo, una atracción, un
empecinamiento, una tentación fascinante, que nunca nos dejó ver el peligro
acechante y que en muchas ocasiones, estuvo a punto de salirse con la
suya, precisamente cuando mi madre nos
había negado el permiso.
Ese
caño, escapado del vientre de la gran Ciénaga de Betancí, presuroso por entregarse a los brazos protectores del Sinú,
llegó a ser un habitante más del legendario pueblo de Tres Piedras y el tiempo
los supo amarrar uno al otro en medio de un destino inevitable lleno de
contrastes.
En
invierno se mostraba impetuoso y temible, llevando sobre el lomo de sus
espumosas aguas, taruyas y troncos a toda velocidad. Muchos incautos fueron
atrapados por misteriosas fuerzas que salían de sus profundidades.
Había
que verle, presumiendo ser casi mar cuando era surcado por los escandalosos “Johnson”,
que levantaban enormes maretas.
Había
que verle gozoso y partícipe de la gran fiesta anticipada que hacían los
músicos pelayeros sobre las canoas y lanchas en temporada de corralejas. O
cuando los maromeros, que sólo Dios sabe de dónde venían, hacían una procesión sobre
sus aguas, antes de la primera función en la plaza del pueblo.
Maracayo,
Nueva Lucía o la ensenada de Hamacas, era el destino final de muchas de esas embarcaciones que obligadamente se detenían en
Tres Piedras para descargar mercancías que surtían a las dos grandes tiendas
del pueblo.
En
otra ocasión, por el caño de Betancí, llegaron San José y la Virgen María, las
figuras religiosas más grandes que haya tenido el pueblo y que se convirtieron
desde entonces en custodios del puente metálico.
Y
también por él llegaron al pueblo varios presos pertenecientes al Partido
Liberal, en la época de Laureano Gómez.
Cuando
el verano aparecía, había que ver la transformación drástica que sufría el caño,
ahora sumiso y tímido, insignificante, convertido tan sólo en un hilo de agua,
atrapado por la negruzca arena tapizada de verdolaga y artemisas. Sin embargo,
su presencia se sentía, todos sabían que estaba allí, dormido quizá, esperando
las lluvias para volver a revitalizarse. Y aunque nadie se sumergía en él, sus
aguas, a punta de totumazos, seguían siendo miel transparente para la gente del
pueblo.
Durante
la tarde, mientras el sol con su paso lento, se iba retirando por entre las
ramas de los guásimos y las guamas, desde las peñas solían brotar risas
juguetonas de mujeres que acostumbraban a lavar sus ropas, aporreándolas contra
las enormes piedras, cosa que hacía detener a muchos hombres que pasaban por el
puente, imaginándolas quizá sirenas encantadas.
Sus
profundidades con todo y remolinos, estaban aniquiladas. Pero esto no era
motivo para que no se le siguiera achacando la responsabilidad de otros muertos,
los que esporádicamente aparecieron tendidos sobre la arena, descuidados
borrachos, que nunca aprendieron a cruzar debidamente el puente metálico.
Mi
madre jamás se ha de enterar de esas escapadas al caño Betancí, que nadie le
cuente, que nadie le diga, de esa tarde cuando me estaba hundiendo y que fui jalada
por mi hermana mayor, de los últimos pelos que flotaban. No era la primera vez que tragaba sus aguas, ya
me había sucedido otras veces. Y a eso,
quizá le achaco al Betancí, ese embrujo que me fue haciendo parte de él, ya
inseparables, unidos para siempre.