martes, 11 de junio de 2013

CAÑO BETANCÍ: de una leyenda que se niega a morir (Crónica)

Por: Blanca Brunal Soto
Había que esperar a que el sol dejara de lanzar sus latigazos contra el techo de zinc y que la tarde comenzara a hacer su aparición, trayendo enredada entre sus polleras la brisa, para poder ir a bañarse al caño Betancí. Era como un ritual que había que cumplir. Era como una especie de embrujo, una atracción, un empecinamiento, una tentación fascinante, que nunca nos dejó ver el peligro acechante y que en muchas ocasiones, estuvo a punto de salirse con la suya,  precisamente cuando mi madre nos había negado el permiso.
Ese caño, escapado del vientre de la gran Ciénaga de Betancí, presuroso por  entregarse a los brazos protectores del Sinú, llegó a ser un habitante más del legendario pueblo de Tres Piedras y el tiempo los supo amarrar uno al otro en medio de un destino inevitable lleno de contrastes.
En invierno se mostraba impetuoso y temible, llevando sobre el lomo de sus espumosas aguas, taruyas y troncos a toda velocidad. Muchos incautos fueron atrapados por misteriosas fuerzas que salían de sus profundidades.
Había que verle, presumiendo ser casi mar cuando era surcado por los escandalosos “Johnson”,  que levantaban enormes maretas.
Había que verle gozoso y partícipe de la gran fiesta anticipada que hacían los músicos pelayeros sobre las canoas y lanchas en temporada de corralejas. O cuando los maromeros, que sólo Dios sabe de dónde venían, hacían una procesión sobre sus aguas, antes de la primera función en la plaza del pueblo.
Maracayo, Nueva Lucía o la ensenada de Hamacas, era el destino final de muchas de esas  embarcaciones que obligadamente se detenían en Tres Piedras para descargar mercancías que surtían a las dos grandes tiendas del pueblo.
En otra ocasión, por el caño de Betancí, llegaron San José y la Virgen María, las figuras religiosas más grandes que haya tenido el pueblo y que se convirtieron desde entonces en custodios del puente metálico.
Y también por él llegaron al pueblo varios presos pertenecientes al Partido Liberal, en la época de Laureano Gómez.
Cuando el verano aparecía, había que ver la transformación drástica que sufría el caño, ahora sumiso y tímido, insignificante, convertido tan sólo en un hilo de agua, atrapado por la negruzca arena tapizada de verdolaga y artemisas. Sin embargo, su presencia se sentía, todos sabían que estaba allí, dormido quizá, esperando las lluvias para volver a revitalizarse. Y aunque nadie se sumergía en él, sus aguas, a punta de totumazos, seguían siendo miel transparente para la gente del pueblo.
Durante la tarde, mientras el sol con su paso lento, se iba retirando por entre las ramas de los guásimos y las guamas, desde las peñas solían brotar risas juguetonas de mujeres que acostumbraban a lavar sus ropas, aporreándolas contra las enormes piedras, cosa que hacía detener a muchos hombres que pasaban por el puente, imaginándolas quizá sirenas encantadas.
Sus profundidades con todo y remolinos, estaban aniquiladas. Pero esto no era motivo para que no se le siguiera achacando la responsabilidad de otros muertos, los que esporádicamente aparecieron tendidos sobre la arena, descuidados borrachos, que nunca aprendieron a cruzar debidamente el puente metálico.

Mi madre jamás se ha de enterar de esas escapadas al caño Betancí, que nadie le cuente, que nadie le diga, de esa tarde cuando me estaba hundiendo y que fui jalada por mi hermana mayor, de los últimos pelos que flotaban.  No era la primera vez que tragaba sus aguas, ya me había sucedido otras veces.  Y a eso, quizá le achaco al Betancí, ese embrujo que me fue haciendo parte de él, ya inseparables, unidos para siempre.