Finalista Concurso
Carlos Castro Saavedra. Medellín-Colombia, 1994.
VENÍAN DEL FONDO DEL RÍO
Blanca Brunal
La
gente alborotada corría en dirección al río. Las mujeres con sus bebés en
brazos y otros pegados a sus faldas, bajaron a toda prisa por la barranca; los
muchachos que acarreaban el agua, a puros palos, aligeraron el paso de los
burros.
Mi
padre nunca antes había abarrotado los armarios de la tienda con tantas
botellas de ron y aguardiente.
En
mí despertó la curiosidad por saber lo que ocurría. Descendí del corredor y
crucé por debajo del palo de tamarindo; la arena quemaba mis pies y el sudor de
la espalda empezaba a empapar mis calzones.
El
bullicio de la multitud y la música de Los Guacharaqueros penetró en mis oídos
hasta ensordecerme; de varias canoas bajaron unos hombres de rostros bellos
como el de la estatua de San José y varias mujeres de largas cabelleras que
apenas cubrían el cuerpo con dos piezas.
La
música se detuvo por un momento y desde la punta de otra embarcación, un hombre
forrado todo de satín negro y con un sombrero de copa, hablaba a través de una
especie de tusa seca. Su voz nos llegaba a través de dos grandes embudos
metálicos. Ese día conocí a los maromeros.
Al
caer la noche, el alcalde hizo iluminar la plaza con mechones de gas en honor
de la presentación que harían esas extrañas personas, ¡que sabe Dios de dónde
llegaron! Entre la gente se corría el rumor de que venían del fondo del río.
Mi
madre aceptó que mis hermanos y yo fuéramos a verlos. Albertina, la muchacha
del servicio, nos acompañó. Estaba tan contenta ya que estrenaría uno de mis
vestidos traídos de la capital; estrené sin zapatos porque los únicos que tenía
ya no me entraban a pesar a pesar del gran esfuerzo que hice por estirarlos.
Mis
hermanos también se emperifollaron y hasta manteca frita se puso la Betty para
aplastar su pelo. Mi padre nos dio cinco centavos a cada uno para las
caribañolas y por único día nos regaló una cajilla de chicles caros.
Camino
a la plaza, nos alumbramos con una lámpara de mecha de trapo viejo. Reconocí la
parsimoniosa figura de doña Luisa, quien por fin se había decidido a sacar del
baúl sus más preciadas prendas. El viejo Romero, a puras tientas con su bastón,
se apresuraba sin temer a la oscuridad.
Hernán,
mi hermano mayor se había quedado atrás del camino y empezó a escarbar en la
tierra desesperadamente.
-
¿Qué
te pasa? ¡Apúrate o llegaremos tarde! - Gritó Albertina.
-
¡Se
me cayeron mis cinco centavos! ¡Ayúdenme a buscarlos!
No los encontramos. Lo único que yo
saqué de todo, fue la embarrada de mi pie derecho con cagajón de burro. Al
llegar a un extremo de la plaza, pusimos nuestros banquillos en primera fila. La
sábana blanca que servía de telón, se abrió despacito y los cucarrones pegados
a ella, cayeron al suelo, donde más tarde crujieron como hojas secas bajo los
pies de aquellos semibrujos que todo lo podían hacer.
La voz de las fritangueras se dejaba
escuchar haciendo eco en los oídos de aquellos gustadores de caribañolas y
avena con hielo. A media noche, las lámparas habían agotado el gas. Albertina
nos ordenó seguirla.
Rendida por el cansancio, no pude
despertar temprano como acostumbraba. A medio día fui por las galletas de limón
a la tienda para comer con café.
Las calles mudas, solitarias y limpias
no daban señal de un día tan trajinado. Aquel ensordecedor silencio apretó mi
corazón, parecía como si los maromeros hubiesen dormido para siempre a la gente
de mi pueblo.
La plaza también estaba desolada. En la
vieja cárcel sólo dormitaban los burros tras las rejas. La iglesia permanecía
cerrada igual, desde aquella vez en que el padre Rumercindo le había lavado los
pies a doce tipos que se hicieron pasar por apóstoles. Ni doña Fela se apareció
a dar clases.
El lugar donde los maromeros habían
presentado su función estaba desierto. Lo contemplé unos minutos reviviendo uno
a uno sus más atrevidos números que no me hicieron dudar en que realmente
salían del fondo del río: la mujer enterrada viva, los niños pintados con
achiote, dando volteretas y otras mujeres jugando con varias bolas al mismo
tiempo al son del viento.
A mi espalda escuché unos pasos.
-
¿Qué
hace por acá niña, en mitad del sol? – Era el
Señor Martínez, que como costumbre
llevaba a bañar su yegua.
-
Señor,
vine a ver si esos maromeros de anoche, aún permanecían aquí. -Le contesté
sobresaltada.
-
Uhhh,
qué cosas dice niña, si en este pueblo olvidado, hace tiempo que no se aparece
un maromero.
No le contesté nada. Me dirigí de
regreso a casa. Iba cabizbaja y arrastrando los pies; trataba de que mi mente
pusiera en orden los pensamientos. De pronto, de la tierra salió volando una
moneda. Después de jugar un rato en el espacio, cayó. La recogí y reconocí su
valor: cinco centavos. Salí brincando feliz.
Busqué a mi hermano por toda la casa;
salía del baño en cueros a traer agua para limpiarse.
-
¡Mira
Hernán, encontré tu moneda que perdiste anoche en la plaza!
-
¿Cuál
moneda Julita? A mí no se me ha perdido ninguna moneda. -Desapareció por la
puerta que da al patio.
Contemplé el resplandeciente metal en mi
mano sudorosa y sucia. Una bulla que provenía de la tienda llamó mi atención.
Corrí y vi a mucha gente precipitarse por la calle.
-
¿Qué
ocurre, mamá?
-
Nada
hijita, que la gente anda alborotada porque acaban de llegar los maromeros al
río.
Empuñé la moneda en mi mano.