domingo, 24 de abril de 2016

Minificción. SOLEDAD


Minificciones. Revista EL CUENTO No. 125. Marzo 1993

SOLEDAD

Blanca Stella Brunal


Allí estaba la soledad haciéndome compañía. Tenía tanto miedo de perderla, que decidí vigilarla toda la noche con una lámpara encendida. Pero recordé que la soledad le teme a la luz y apagué la lámpara.

La sentí sonreír y cobijarse a mi lado; se regocijó en el gran abismo que había en mi cama, colmó su sed con mis lágrimas y me robó el sueño de esa noche.
Hizo que fumara más de la cuenta, que me robara el silencio, que me robara el silencio, que tuviera pensamientos pecaminosos, que pensara en la muerte, que mi cuarto fuera más oscuro, que renegara de ser mujer, que recordara lo olvidado…
Desde entonces, he decidido estar sola.

martes, 11 de junio de 2013

CAÑO BETANCÍ: de una leyenda que se niega a morir (Crónica)

Por: Blanca Brunal Soto
Había que esperar a que el sol dejara de lanzar sus latigazos contra el techo de zinc y que la tarde comenzara a hacer su aparición, trayendo enredada entre sus polleras la brisa, para poder ir a bañarse al caño Betancí. Era como un ritual que había que cumplir. Era como una especie de embrujo, una atracción, un empecinamiento, una tentación fascinante, que nunca nos dejó ver el peligro acechante y que en muchas ocasiones, estuvo a punto de salirse con la suya,  precisamente cuando mi madre nos había negado el permiso.
Ese caño, escapado del vientre de la gran Ciénaga de Betancí, presuroso por  entregarse a los brazos protectores del Sinú, llegó a ser un habitante más del legendario pueblo de Tres Piedras y el tiempo los supo amarrar uno al otro en medio de un destino inevitable lleno de contrastes.
En invierno se mostraba impetuoso y temible, llevando sobre el lomo de sus espumosas aguas, taruyas y troncos a toda velocidad. Muchos incautos fueron atrapados por misteriosas fuerzas que salían de sus profundidades.
Había que verle, presumiendo ser casi mar cuando era surcado por los escandalosos “Johnson”,  que levantaban enormes maretas.
Había que verle gozoso y partícipe de la gran fiesta anticipada que hacían los músicos pelayeros sobre las canoas y lanchas en temporada de corralejas. O cuando los maromeros, que sólo Dios sabe de dónde venían, hacían una procesión sobre sus aguas, antes de la primera función en la plaza del pueblo.
Maracayo, Nueva Lucía o la ensenada de Hamacas, era el destino final de muchas de esas  embarcaciones que obligadamente se detenían en Tres Piedras para descargar mercancías que surtían a las dos grandes tiendas del pueblo.
En otra ocasión, por el caño de Betancí, llegaron San José y la Virgen María, las figuras religiosas más grandes que haya tenido el pueblo y que se convirtieron desde entonces en custodios del puente metálico.
Y también por él llegaron al pueblo varios presos pertenecientes al Partido Liberal, en la época de Laureano Gómez.
Cuando el verano aparecía, había que ver la transformación drástica que sufría el caño, ahora sumiso y tímido, insignificante, convertido tan sólo en un hilo de agua, atrapado por la negruzca arena tapizada de verdolaga y artemisas. Sin embargo, su presencia se sentía, todos sabían que estaba allí, dormido quizá, esperando las lluvias para volver a revitalizarse. Y aunque nadie se sumergía en él, sus aguas, a punta de totumazos, seguían siendo miel transparente para la gente del pueblo.
Durante la tarde, mientras el sol con su paso lento, se iba retirando por entre las ramas de los guásimos y las guamas, desde las peñas solían brotar risas juguetonas de mujeres que acostumbraban a lavar sus ropas, aporreándolas contra las enormes piedras, cosa que hacía detener a muchos hombres que pasaban por el puente, imaginándolas quizá sirenas encantadas.
Sus profundidades con todo y remolinos, estaban aniquiladas. Pero esto no era motivo para que no se le siguiera achacando la responsabilidad de otros muertos, los que esporádicamente aparecieron tendidos sobre la arena, descuidados borrachos, que nunca aprendieron a cruzar debidamente el puente metálico.

Mi madre jamás se ha de enterar de esas escapadas al caño Betancí, que nadie le cuente, que nadie le diga, de esa tarde cuando me estaba hundiendo y que fui jalada por mi hermana mayor, de los últimos pelos que flotaban.  No era la primera vez que tragaba sus aguas, ya me había sucedido otras veces.  Y a eso, quizá le achaco al Betancí, ese embrujo que me fue haciendo parte de él, ya inseparables, unidos para siempre.

miércoles, 4 de mayo de 2011

UN CUENTO: LOS COLGADOS DEL PUENTE

El Premio Copé es un concurso literario impulsado por Petroperú que se organiza cada año, desde 1979, con el objetivo de consolidar y promover la narrativa y prosa como género literario, en las siguientes categorías: Cuento, Poesía, Novela y Ensayo. Con este cuento, fui finalista en la versión 2010. Que lo disfruten.

Por Blanca Brunal

El de la derecha parecía aún sonreír, el de la izquierda no tenía camisa y el del centro mantenía bien abiertos los ojos, a punto de desprendérseles. Los tres habían amanecido colgados de un barandal del puente. Nadie sabía quiénes eran, pero lo cierto es que tenían pinta de forasteros.

Por esa época, a principios de abril, el río estaba casi seco. Los enamorados hacían inscripciones de sus nombres removiendo con ramitas secas la arena negruzca que se extendía a sus anchas, queriendo alcanzar el hilito de agua que quedaba, con deseos de absorberlo. Y a cinco metros de altura colgaban sus pies con las puntas de los dedos hacia abajo como si en algún momento hubiesen intentado tocar la playa.

Fueron las “Chas chas”, María Elena, Rosaura y Carmen Julia, mis mejores amigas, y yo, quienes los descubrimos esa mañana cuando el sol aún no daba sus señales.

Mi madre se despertaba muy temprano antes del canto del gallo. Siempre tuve la impresión de que era ella quien lo despertaba con el ruido que hacía al raspar el tinaco con una concha de coco: ras…ras…ras. Lo lavaba todos los días, le desprendía el barro y luego le echaba “alumbre” para aclarar el agua amarillenta traída del río.  El ritual llegaba a su final cuando iba al traspatio por el burro, le ponía la angarilla y lo amarraba a la ventana en espera de su pasajero como si fuera un carro. Después llegaba hasta mi cuarto y apretaba fuertemente el dedo gordo de mi pie derecho. Era una caricia para que mi despertar fuera lento y así no olvidara el sueño que había tenido en la noche.
Esa mañana, aún así, me levanté sobresaltada, en un abrir de ojos estuve encima del burro, lo hurgué y en unos minutos ya estaba en la plaza buscando a mis amigas. Sin bajarme, barriles a lado y lado, se iniciaba la misma rutina: acarrear agua del río para llenar el gran tinaco de mi casa.

Fue entonces cuando llegamos a la orilla y los vimos prendidos a cada uno con su soga apretándoles el cuello. La risa que llevábamos tuvo que devolverse por nuestras gargantas y posarse en nuestras barrigas donde nos hizo un cosquilleo interminable que alcanzó a pasarse a nuestras piernas haciéndolas temblar por un momento. Nadie dijo nada, sólo nos quedamos mirando a aquellos tipos y ellos nos miraban también aún cuando ya no lo sabían. María Elena, quizá por ser la mayor del grupo, demostró más coraje y haciéndonos señas con el dedo índice puesto en su boca para que no hiciéramos bulla, decidió acercarse a ellos y nosotras la seguimos, una junto a la otra, agarrándonos de las ropas ajenas.

Al llegar a una distancia prudente nos detuvimos. Los observamos un momento, pero luego, sin que nadie dijera algo, salimos despavoridas hacia el pueblo, debatiéndonos entre la arena, dejando olvidado al pobre burro que cargaba los barriles aún vacíos. Cuando subimos la pequeña loma, lo oímos rebuznar y fue entonces cuando yo creí que quizá también se había espantado con los tres muertos, pero no había tiempo de salvarlo, apenas contábamos con nuestras propias fuerzas para subir aquel barranco antes de que esos tipos se les diera por bajarse y empezaran a perseguirnos. Llegamos a la casa, amarillas del susto, pero antes de entrar por la puerta trasera, alcanzamos a hacer un pacto de amigas: no contaríamos a nadie lo que habíamos visto.

Yo creía en las “Chas Chas”. Así fueron apodadas por el chofer de mi casa porque una vez que mi mamá había llevado desde la capital un sillón nuevo, con unos resortes que parecían cargados de electricidad, ellas lo estrenaron y desde el primer momento en que pusieron sus nalgas en él, sintieron que casi llegaban al
techo, y las tres, al unísono, al ritmo de la música que se escondía en el forro plástico de cuadros rojos y negros, comenzaron a saltar: “chas, chas, chas”…

Estábamos en ese pacto secreto cuando se asomó mi madre al patio y nos gritó:
- ¡Allá afuera en la calle está el burro con los barriles vacíos. Llegó solo, corriendo dizque porque vio unos muertos en el puente. La gente salió para el río a ver quiénes son los muertos!...

No había nada que hacer. Las cuatro nos miramos, corrimos hacia la calle y todavía vimos cómo bajaba gente desde la plaza, precipitada en dirección al río, queriendo saber la historia de los ahorcados.

La multitud y la algarabía hincharon mi cabeza de recuerdos y me dejé llevar por ellos: fue en ese tiempo cuando el caserío de Las Palomas dejó de ser una gema escondida entre las grietas de aquella tierra caliente para convertirse en un pueblo vital, saludado por el progreso. Esto es sabido que fue gracias a Rosendo Garcés, “El Amigo”, el ganadero más prestante y poderosamente rico de la región, que aprovechando la buena relación de su padre con el presidente de turno, Gustavo Rojas Pinilla, había logrado conseguir la construcción del puente que lo llevaría a sus haciendas, al otro lado del río, en menos tiempo.

Realizar una obra de ingeniería de esta magnitud en una ciudad es motivo de ofuscación y fatiga para sus gentes, pero para los habitantes de Las Palomas, que avistaban las primeras luces de la tecnología, eso sí que era todo un acontecimiento. La ficción y la emoción alborotaron la acostumbrada tranquilidad que dormitaba en sus corazones. La calle principal que se había ido inventando a sí misma con los pasos livianos de los transeúntes y de algunos animales, toda ella, solitaria y eterna palideció bajo el abrazo de la modernidad.



Los terrones perdieron sus formas geométricas que al azar habían tomado, y pronto no hubo ni grietas ni heridas por donde el agua bajara a refrescar el corazón de la tierra. Sólo un amasijo de barro y hierba chamuscada, con el que los niños harían figuras para distraer su ocio, cubría tristemente el camino.
Los bulldozers de excavación, como gigantescos escarabajos de agobiante amarillo, que encandilaban a los mismos trabajadores cuando eran las doce del día, fueron llegando al lugar donde se concentraban los materiales y demás equipos. El azul de esos días era delirante, fascinante la inquietud de nuestra gente. Ni siquiera cuando llegaron por primera vez los maromeros por el río, se había cargado el ambiente de tanta adrenalina, de sudores rápidos, de alientos estupefactos, de pensamientos sobresaltados. Eran los síntomas de un verdadero jolgorio.

En aquel pueblo no se hablaba más que del hecho insólito que vivían, del aire que ahora se hendía por una estera dura que se iba desenroscando día tras día con el entusiasmo de los obreros. Ante ellos se vislumbraba un horizonte nuevo que de pronto empezaron a usar, a poseer, a cruzar de un lado para otro. Cuando se encontraban a la mitad de él, se saludaban nerviosos y concentrados, con una expresión de citadinos. Los más valientes asomaban sus dudas o sus creencias por entre las barandas, con mucho cuidado, pero nunca a alguno de los naturales de este rincón del mundo, se le ocurrió pensar que éstas tendrían otra finalidad.

- ¡Son forasteros!- Gritó la comadre Luvi- ¡Parece que venían por los rumbos de Junquillo!...
Y con voz entrecortada por el miedo, la incertidumbre y la emoción, los describió con lujo de detalles: que sus edades oscilaban entre 20 y 25 años, que encontraron junto a ellos seis botellas de ron, que la foto de una mujer estaba envuelta en un pañuelo blanco, que… en fin, parecía que había logrado recoger


todas las especulaciones que se fueron entretejiendo en el deambular de la gente
 de la plaza al río, mientras yo me había trasladado 10 años atrás. Y remató la comadre Luvi:
- Nadie se atreve a bajarlos de allí hasta cuando llegue el alcalde.

Lo peor es que el alcalde tampoco se atrevió a bajarlos y la orden tajante fue que los muertos se quedaran colgados. Incluso, armó varias comisiones para que de allí en adelante cuidaran de ellos, por turnos, durante el día y la noche. A unos les tocaría espantar los gallinazos para que no los fueran a picotear; a otros les tocaría la labor de echarles agua todos los días cuando el sol estuviese demasiado caliente para refrescarlos, y por si acaso, evitar que alguno de ellos se prendiera como había sucedido recientemente con la casa de los Martínez.

Por lo pronto el alcalde había mandando a pedir una camisa para colocársela al ahorcado de la izquierda. Algunos sugirieron nombres de varios muchachos del pueblo que tenían su misma contextura; mencionaron a Rafael, al “Papi”, al “Caricano” y a Ignacio, el que bañaba las yeguas en Puerto Peña. Sin embargo, al colgado de la izquierda tuvieron que ponerle una camisa que lució ancha y desgarbada porque ninguno de los candidatos quiso donar una prenda suya “para colocársela a un muerto que nadie conocía” y además ¿Por qué correr el riesgo de ser confundido con él? No era extraño que pensaran así, pues el compadre Uriel Negrete no volvió a levantarse más de la cama desde aquel día en que prestó su hamaca para transportar al Mimi, quien se había caído de un tractor en la loma de Belisa después de un partido de béisbol.

Después de cuatro días de la aparición de los forasteros colgados, uno de los vigilantes sugirió al alcalde que al muerto del centro le taparan los ojos con una venda, ya que se le prendían chorros de candelas, como si se tratara del mismo diablo.
Así lo hicieron pero después llegaron a comprobar que las luces enrojecidas que perseguían al muerto todas las noches no eran otra cosa que luciérnagas perdidas en la oscuridad.

Las “Chas Chas” y yo volvimos al río, al igual que lo hizo todo el mundo en el pueblo. Después de varias semanas nos habíamos habituado a ver los tres hombres colgados y hasta nos deteníamos a contemplarlos como si toda la vida hubiesen vivido entre nosotros. Permanecían intactos, un poco más bronceados por el sol, pero nunca dieron señal de descomposición física. Ya algunas mujeres comentaban haberlos visto en otras partes diferentes al puente: los habían visto en la plaza, a media noche, discutiendo entre ellos, tambaleándose de la borrachera; otros los habían visto enlazando unos novillos en las haciendas cercanas, mientras ellos seguían colgados a la intemperie. Un día estuvieron a punto de desplomarse con el paso de un viaje de ganado de Alejo Kerguelén que duró casi una hora atravesando el puente.

A María Elena el que más le gustaba era el de la derecha, por su sonrisa varonil y su cabello ensortijado, quizás porque lo relacionaba con el Capitán Moro, protagonista de la radionovela La Castigadora.  Rosaura nunca se decidió por ninguno, para ella todos los hombres eran bellos. A Carmen Julia le encantaba el de la izquierda pero no podía expresar su gusto hacia un hombre muerto que llevaba puesta la camisa de su papá. Bastante trabajo le había costado superar el terrible recuerdo de verlo con las vísceras afuera en medio de la plaza de toros de Tres Palmas, para, ahora, abrir su corazón a una escena semejante que le removiera su dolor.
Para mí los tres eran bellos y hubiera preferido que al de la izquierda nunca le hubiesen puesto esa camisa tan fea que no le dejaba mostrar su cuerpo musculoso y brillante.


Cuando llegó el invierno, el río recuperó sus aguas, la creciente trajo con ella troncos secos, culebras anidadas en plantas flotantes y abundancia de peces.

Nosotras volvimos a bañarnos. Ahora no nos atrevíamos a hacerlo desnudas como antes por vergüenza a que nos vieran los tres ahorcados del puente; sin embargo, aprovechábamos sus sombras proyectadas en el agua y jugábamos con ellas a atraparlas; en varias ocasiones, las besamos y las acariciamos y soltábamos algunas frases románticas que habíamos oído, escondidas tras la puerta, mientras Daniel le declaraba su amor a Juanita. Y en ese encuentro delicioso con nuestro despertar de mujeres, juramos por nuestras madrecitas que no volveríamos a acarrearle ni una gota de agua más a la niña Candelaria por atreverse a decirle a todo el pueblo que descolgaran a esos tipos y los enterraran, porque nunca en su vida había visto hombres más extraños y vulgares.

El encanto que las cuatro prodigábamos hacia los colgados se acabó desde el día en que llegó otro forastero y contó con lujo de detalles la vida y las andanzas de los infortunados. Entonces el pueblo se enteró que eran tres hermanos oriundos de Pueblo Nuevo, que llevaban más de un año intentando suicidarse. Muchas veces se les impidió esa locura que siempre les llegaba después de tomarse varias botellas de ron. Todo porque los tres estaban locamente enamorados de una misma mujer que nunca les hizo caso. /

jueves, 24 de febrero de 2011

VENÍAN DEL FONDO DEL RÍO (Cuento)



Finalista Concurso Carlos Castro Saavedra. Medellín-Colombia, 1994.

VENÍAN DEL FONDO DEL RÍO



Blanca Brunal
La gente alborotada corría en dirección al río. Las mujeres con sus bebés en brazos y otros pegados a sus faldas, bajaron a toda prisa por la barranca; los muchachos que acarreaban el agua, a puros palos, aligeraron el paso de los burros.

Mi padre nunca antes había abarrotado los armarios de la tienda con tantas botellas de ron y aguardiente.

En mí despertó la curiosidad por saber lo que ocurría. Descendí del corredor y crucé por debajo del palo de tamarindo; la arena quemaba mis pies y el sudor de la espalda empezaba a empapar mis calzones.

El bullicio de la multitud y la música de Los Guacharaqueros penetró en mis oídos hasta ensordecerme; de varias canoas bajaron unos hombres de rostros bellos como el de la estatua de San José y varias mujeres de largas cabelleras que apenas cubrían el cuerpo con dos piezas.

La música se detuvo por un momento y desde la punta de otra embarcación, un hombre forrado todo de satín negro y con un sombrero de copa, hablaba a través de una especie de tusa seca. Su voz nos llegaba a través de dos grandes embudos metálicos. Ese día conocí a los maromeros.

Al caer la noche, el alcalde hizo iluminar la plaza con mechones de gas en honor de la presentación que harían esas extrañas personas, ¡que sabe Dios de dónde llegaron! Entre la gente se corría el rumor de que venían del fondo del río.

Mi madre aceptó que mis hermanos y yo fuéramos a verlos. Albertina, la muchacha del servicio, nos acompañó. Estaba tan contenta ya que estrenaría uno de mis vestidos traídos de la capital; estrené sin zapatos porque los únicos que tenía ya no me entraban a pesar a pesar del gran esfuerzo que hice por estirarlos.

Mis hermanos también se emperifollaron y hasta manteca frita se puso la Betty para aplastar su pelo. Mi padre nos dio cinco centavos a cada uno para las caribañolas y por único día nos regaló una cajilla de chicles caros.

Camino a la plaza, nos alumbramos con una lámpara de mecha de trapo viejo. Reconocí la parsimoniosa figura de doña Luisa, quien por fin se había decidido a sacar del baúl sus más preciadas prendas. El viejo Romero, a puras tientas con su bastón, se apresuraba sin temer a la oscuridad.

Hernán, mi hermano mayor se había quedado atrás del camino y empezó a escarbar en la tierra desesperadamente.

-         ¿Qué te pasa? ¡Apúrate o llegaremos tarde! - Gritó Albertina.

-         ¡Se me cayeron mis cinco centavos! ¡Ayúdenme a buscarlos!

No los encontramos. Lo único que yo saqué de todo, fue la embarrada de mi pie derecho con cagajón de burro. Al llegar a un extremo de la plaza, pusimos nuestros banquillos en primera fila. La sábana blanca que servía de telón, se abrió despacito y los cucarrones pegados a ella, cayeron al suelo, donde más tarde crujieron como hojas secas bajo los pies de aquellos semibrujos que todo lo podían hacer.

La voz de las fritangueras se dejaba escuchar haciendo eco en los oídos de aquellos gustadores de caribañolas y avena con hielo. A media noche, las lámparas habían agotado el gas. Albertina nos ordenó seguirla.

Rendida por el cansancio, no pude despertar temprano como acostumbraba. A medio día fui por las galletas de limón a la tienda para comer con café.

Las calles mudas, solitarias y limpias no daban señal de un día tan trajinado. Aquel ensordecedor silencio apretó mi corazón, parecía como si los maromeros hubiesen dormido para siempre a la gente de mi pueblo.

La plaza también estaba desolada. En la vieja cárcel sólo dormitaban los burros tras las rejas. La iglesia permanecía cerrada igual, desde aquella vez en que el padre Rumercindo le había lavado los pies a doce tipos que se hicieron pasar por apóstoles. Ni doña Fela se apareció a dar clases.

El lugar donde los maromeros habían presentado su función estaba desierto. Lo contemplé unos minutos reviviendo uno a uno sus más atrevidos números que no me hicieron dudar en que realmente salían del fondo del río: la mujer enterrada viva, los niños pintados con achiote, dando volteretas y otras mujeres jugando con varias bolas al mismo tiempo al son del viento.

A mi espalda escuché unos pasos.

-         ¿Qué hace por acá niña, en mitad del sol? – Era el

Señor Martínez, que como costumbre llevaba a bañar su yegua.

-         Señor, vine a ver si esos maromeros de anoche, aún permanecían aquí. -Le contesté sobresaltada.

-         Uhhh, qué cosas dice niña, si en este pueblo olvidado, hace tiempo que no se aparece un maromero.

No le contesté nada. Me dirigí de regreso a casa. Iba cabizbaja y arrastrando los pies; trataba de que mi mente pusiera en orden los pensamientos. De pronto, de la tierra salió volando una moneda. Después de jugar un rato en el espacio, cayó. La recogí y reconocí su valor: cinco centavos. Salí brincando feliz.

Busqué a mi hermano por toda la casa; salía del baño en cueros a traer agua para limpiarse.

-         ¡Mira Hernán, encontré tu moneda que perdiste anoche en la plaza!

-         ¿Cuál moneda Julita? A mí no se me ha perdido ninguna moneda. -Desapareció por la puerta que da al patio.

Contemplé el resplandeciente metal en mi mano sudorosa y sucia. Una bulla que provenía de la tienda llamó mi atención. Corrí y vi a mucha gente precipitarse por la calle.

-         ¿Qué ocurre, mamá?

-         Nada hijita, que la gente anda alborotada porque acaban de llegar los maromeros al río.

Empuñé la moneda en mi mano.